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La agrupación Musical Femenina de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, cuya génesis se debió al empeño de un conjunto de mujeres jóvenes en promover la creación de una formación musical que les permitiera acompañar el transcurso de las procesiones, postura que se vio favorecida por la opinión favorable de dotar de una segunda formación musical al grupo procesional denominado Cristo de la Cruz a María (constituido en 1995 a partir de tallas pertenecientes al taller de Gregorio Fernández guardadas en el Museo Nacional de Escultura Policromada), que precede en sus desfiles a la imagen titular de la Virgen de la Piedad. Con mucha ilusión e ingente esfuerzo, la Agrupación comienza su andadura en el año 1997, con una formación integrada por 20 cornetas y 10 tambores que cosechará, pese a su inexperiencia, una actuación destacable. Contaron en estos inicios con el apoyo y dirección del entonces dirigente de la "Banda de cornetas y tambores", Francisco José Vega Torres, quien redactó sus estatutos y se aplicó a la tarea de enseñarles el repertorio a ejecutar, buena parte del que aún mantienen. Una de las características que marcará el devenir de este conjunto será la problemática derivada del número de integrantes, siendo ésta una de sus preocupaciones principales en la actualidad. La mayor inflexión se dio en el tránsito al año 1998 (año en que se incorporaron la mayor parte de las actuales integrantes), produciéndose la situación más exagerada hasta la actualidad en cuanto a pérdidas, lo que motivó en buena medida un nuevo comienzo. En marzo de 2002 contaba de doce cornetas, siete cajas y dos bombos, número de integrantes considerado insuficiente. Estamos ante un componente humano predominantemente joven (los requisitos exigidos para formar parte son la pertenencia a la Cofradía y tener una edad mínima de 13 ó 14 años), siendo la inquietud musical y el interés por tocar un instrumento la motivación principal para integrarse en la agrupación. Esa actitud y unas inmensas ganas por demostrar su valía hacen que, con mucho sacrificio (empleando buena parte de su tiempo en ensayos que suelen iniciarse en septiembre u octubre hasta las fechas en que se celebre la Semana Santa y que en su mayor parte conllevan soportar circunstancias climatológicas al realizarse al aire libre) y unos conocimientos musicales elementales, compensados con procedimientos mnemotécnicos para facilitar el aprendizaje del repertorio y su posterior ejecución, año tras año acompañen las procesiones imprimiendo su particular sello y buen hacer. Los instrumentos son los típicos de estas formaciones (no debemos olvidar que los actualmente utilizados por las cofradías se vinculan al ejército, cuya participación en la Semana Santa se documenta ya desde 1810). En los aerófonos, las cornetas responden a dos tipos fundamentales: "llaves" y "bajos", siendo el instrumento que presenta mayores problemas a la hora de incorporar nuevas integrantes, dada su mayor dificultad de aprendizaje y ejecución frente al resto. En los membranófonos hay que diferenciar entre cajas y bombo; las primeras pueden estar fabricadas en distintos tamaños, presentando la mayoría una medida estándar (37 centímetros de diámetro por 16 de altura). Tanto unas como otros suelen emplear parche superior (batidor) e inferior (bordonero), que en su mayoría son hidráulicos (constituidos por dos parches, con agua o aceite entre ambos), no quedando apenas los realizados en plástico. La inmensa mayoría de las cajas emplea bordón y sordina, y ninguna usa la "caja china". Asimismo las baquetas, como resulta frecuente en este tipo de instrumentos, además de su función percutiva sobre la membrana de la caja, se ejecutan como idiófonos mediante el entrechoque de las mismas. En cuanto a las obras que se interpretan, puede hablarse de la existencia de un "repertorio musical común" a las distintas cofradías, vinculando en buena medida a la música militar. No obstante estamos ante un repertorio heterogéneo que igualmente combina marchas de origen militar con música extraída del ámbito audiovisual, siendo frecuente el empleo de melodías populares adaptadas a las circunstancias. Resulta interesante constatar la influencia ejercida por la música de Semana San Sevillana, que ocasiona posturas encontradas, y se ha saldado con más de una agria polémica. En los últimos años se ha venido pidiendo desde diversos ámbitos, una mayor atención a la música que se ejecuta en las procesiones de Semana Santa, pues frecuentemente goza de una calidad bastante dudosa (achacable en buena medida al diletantismo de los ejecutantes y a un cierto absentismo que se produce en los ensayos). Tal vez sea el momento de dar un mayor impulso a una actividad que, si bien a veces se contempla como algo subsidiario, juega un papel fundamental en nuestras procesiones, algo que tiene muy claro en la Agrupación, en cuya organización se presta importancia no sólo a la veteranía, sino también a la calidad interpretativa y a la asistencia a los ensayos, aspecto fundamental para que todo salga correctamente. Queda aún mucho por hacer, pero este año ellas estarán nuevamente ahí, acompañándonos con su música, su ilusión y su enorme dignidad.
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